A propósito de… Natalia Ginzburg



Hay libros que llegan a nuestras manos para mostrarnos, para explicarnos lo que sentimos.

Hay libros que nos recuerdan lo que hemos vivido, que son como fotografías de nuestro pasado. Hay otros que parecen un calco de nuestra realidad, una radiografía del momento que atravesamos.

Son esos textos, esas palabras producto de la repetitiva experiencia humana. Son aquellos los que nos recuerdan que los hombres hemos sido los mismos por años, por siglos; que sufrimos las mismas penas y anhelamos las mismas dichas. Para mí, estos libros han sido los de Natalia Ginzburg.

Natalia Levi nació en Palermo en 1916. Su vida siguió el cauce de los conflictos bélicos y sociales de su época. Desde antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, su familia ya había sufrido las consecuencias del fascismo: su padre y hermanos fueron detenidos por actividades antifascistas, y su esposo, Leone Ginzburg (de quien conservó el apellido) fue perseguido. Casada y con tres hijos, Natalia y su familia vivieron el exilio en Abruzos, años después, en 1944, Leone fue apresado y asesinado en Roma.

Como muchas familias, como muchas mujeres, durante la guerra, Natalia vivió el miedo, la persecución, la separación de su familia, la huida, el exilio, el refugio.

Más que por sus orígenes judíos, por su actividad intelectual contra el régimen. Pese a una vida llena de sufrimiento e injusticias, Natalia se sobrepuso a la pérdida, la tristeza, la depresión. Fue miembro de la famosa Editorial Einaudi y diputada por el Partido Comunista Italiano; escribió cuentos, novelas, ensayos, publicó en revistas y periódicos textos sobre temas diversos durante toda su vida.

Supongo que, para Natalia, la escritura fue una forma, tal vez la única que encontró, de sobrevivir. Supongo que por eso sus textos están tan llenos de emociones, de honestidad, del sentimiento de un momento histórico tan particular que hoy, tristemente, se repite.

Ahora que el siglo XX parece más cercano que nunca, tal vez sea oportuno releer lo que la tragedia de una época dejó como resultado.

La obra ensayística de Ginzburg (su narrativa será motivo de otro texto) se nos presenta como una expresión libre de lo que la autora experimentó, por eso, podemos ver en sus textos el reflejo de los estragos no solo de la guerra, sino de una concepción del mundo limitante, opresiva.

Quizás en la actualidad es muy fácil identificarse, comprender lo que Natalia dejó escrito, pues compartimos un contexto lleno de incertidumbre, de angustia.


La desesperanza

El primer ensayo que leí de Natalia Ginzburg fue su “A propósito de las mujeres”, que hace de prólogo del libro de cuentos homónimo.

Cómo este texto influyó en mí en ese momento es un asunto demasiado extenso como para mencionarlo ahora. Me interesa más, por el momento, hablar de mi segundo acercamiento a la obra de la autora.

En diciembre de 2023, me encontré con una edición de Las pequeñas virtudes, un libro que reúne ensayos publicados en diversos periódicos y revistas.

El primer texto, “Invierno en Abruzos”, así como muchos otros en el libro, nos muestra un contexto cotidiano, simple, el día a día de la familia en un pequeño pueblo.

Entre las paredes de su casa provisional, en la cocina, en el campo, en las calles del pueblo, se desenvuelven las emociones de la autora. El frío se combina con la añoranza de volver a casa. Añoranza que, hoy en día, es más común de lo imaginado.

Miles de personas todos los días dejan sus países de origen para buscar un futuro mejor, para salvar su vida, huyen de las guerras, de la pobreza, de la violencia.

Miles de personas lo dejan todo y son menospreciadas, rechazadas por este mismo acto. En medio de este odio generalizado (aunque no uniformado aún) hacia las personas que migran, leer “Invierno en Abruzos” nos pone en sus zapatos, en el lugar de aquellos que son los extraños en medio de un pueblo arraigado en el que se conocen todos.

Leemos en las palabras de Natalia cómo mantiene, pese a la costumbre, al día a día, una tristeza, una nostalgia que se expresa, incluso, en un odio del presente, del lugar que nos parece una cárcel, que nos impide volver y avanzar al mismo tiempo.

Natalia concluye este texto con un mensaje desolador, con el sentimiento de desesperanza, convencida de que no hay más felicidad ni alegría. Es la respuesta inmediata ante la pérdida, no solo de un ser querido, sino del futuro que se anhelaba: “Los sueños no se realizan jamás, y apenas los vemos rotos, comprendemos de pronto que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad” (1966, p. 23).

Esas mayores alegrías, concluye en este texto, quedaron en el pasado, y solo como pasado pueden valorarse. Esa alegría provino, para la autora, de la vida simple, de la cotidianidad, de comprar naranjas y caminar sobre la nieve. Esa sencillez aparece en varias de sus obras y en ella se refleja el sentimiento más profundo y la sabiduría más grande.

No solo en su ensayística, sino también en su narrativa, la cotidianidad (en especial de las mujeres) es la base de la reflexión y el punto de referencia para comprender cómo es la vida.

En “El hijo del hombre”, del mismo libro, encontramos de nuevo la relación entre los objetos (materiales, externos) y la vida interna.

En el primer párrafo de este texto Natalia escribe: “Quizá tengamos de nuevo una lámpara sobre la mesa y un jarrón de flores y los retratos de las personas queridas, pero ya no creemos en ninguna de estas cosas” (1966, p. 89).

En estas líneas, las cosas son un símbolo de la vida misma de una persona, de una familia: si se tienen floreros y lámparas, se tiene una casa, una vida en paz.

Porque las pequeñas cosas, tan simples como un jarrón, aquellas que solemos dar por hecho, nos recuerda la autora, están llenas de significado; ellas componen la vida.

Por eso mismo, a través de ellas, podemos darnos cuenta de cómo se derrumba esa misma vida, de cómo los eventos a nuestro alrededor afectan nuestro interior.

Ginzburg menciona: una vez que se descubre que “una casa está hecha de ladrillos y cal, y puede derrumbarse. Una casa es algo no muy sólido. Puede derrumbarse de un momento a otro” (1966, p. 90) no se puede volver a vivir en paz.

Así como las casas, los jarrones y los retratos una vez se rompieron, así “hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca” (1966, p. 89).

Con estas palabras, la autora muestra cómo los estragos de la guerra se materializan en objetos y casas destruidas o abandonadas en la huida; cómo son el reflejo del sufrimiento vivido, de la angustia y el miedo que están ligados a una generación.

Otro texto que refleja este sentimiento de desolación, común a varias personas después de la guerra y en nuestro tiempo, es “Verano”, uno de los textos más honestos de Ginzburg.

En términos simples y burdos (quizá modernos) podemos decir que es un relato de la depresión que vivió en Roma y su intento de suicidio. Pero, me parece, eso es reducir la cantidad de emociones por las que pasan una persona, es obviar el sufrimiento, es concluir en un acto fallido.

“Ella sabía que yo me quería morir y por esa razón no teníamos gran cosa que decirnos […] Yo quería morir a causa de un hombre, aunque también por muchas otras cosas” (2021, p. 78).

La muerte y aún más el suicidio son temas tabúes en nuestra sociedad, que alguien exprese abiertamente, ya sea en la vida o en un texto, su deseo de morir es poco común.

Se trata de una cuestión de vergüenza, de algo que se debe ocultar, negarlo a uno mismo y a los demás. Por eso, “Verano” es una de las manifestaciones más sinceras y realistas del espíritu humano.

Es una de las pocas confesiones directas, abiertas de este hastío por la vida; es un reflejo de los límites del dolor a los que llega una persona que, como Natalia, han vivido una época convulsa.

No hacen fala motivos, y aun así, la autora los describe, y encuentra las palabras precisas para mostrar la falta, el vacío que vivió en aquel momento: “Yo le decía que las personas a las que les ha brotado un asco en el corazón no deben vivir” (2021, p. 79).

No me parece que haya palabas más exactas para describir el estado previo al deseo de morir: un asco en el corazón. Más allá de la tristeza, de la desesperanza, de la soledad que dejó la guerra y la persecución fascista en Natalia como en otros, más allá de cualquier emoción o sentimiento, más allá de todo esto se encuentra un vacío, un asco por la vida, por el pasado, por el porvenir; un rechazo, no una falta de ilusión o esperanza, sino, simplemente, su repudio a causa de ese asco que se ha metido en el corazón.

No podemos hablar de suicidio sin mencionar el caso de Cesare Pavese, amigo cercano de la autora. Pavese defendía “nadie se suicida. La muerte es destino”, seguramente porque desde joven perdió el sentido de vivir; finalmente, en 1950, alcanzó su destino.

Natalia aborda este tema en su texto “Retrato de un amigo”, el cual comienza con un acercamiento a la ciudad en la que coincidieron durante su juventud: Turín.
Así como en los textos antes mencionados la autora hace una comparación entre la vida y las cosas, en este, notamos esa analogía entre su amigo de juventud y la ciudad en la que se desarrolló su amistad.

De cierta forma, compara a su amigo con la ciudad, pues la forma de percibir a ambos, desde la distancia, es la misma, un recuerdo.

El texto comienza con una descripción más bien física de la ciudad, la estación, los cines, el aroma… hasta llegar a una descripción subjetiva: “La naturaleza esencial de la ciudad es la melancolía” (1966, p. 33), a partir de esta, se establece de manera explícita un vínculo con el carácter del amigo: “Nuestra ciudad se parece -nos damos cuenta ahora- al amigo que perdimos y que la quería tanto; es, como él era laboriosa, ceñuda en su actividad febril, y terca; y, al mismo tiempo, es perezosa, siempre dispuesta al ocio y al sueño” (1966, p. 33).

A partir de ese fragmento, Natalia habla de Pavese desde su perspectiva como amiga, y de él no como poeta, escritor o genio, sino como hombre.

Menciona su carácter, su forma de comportarse tanto con los amigos como con desconocidos, su relación con sus familias, su trabajo.

Pero también deja ver cierto vacío, cierta falta en la vida de Pavese que nos hace entender su decisión: “así, pues, le faltaba por conquistar la realidad cotidiana, pero le estaba prohibida y era inasible para él” (1966, p. 40).

Detrás o como parte de ese gran artista estaba un ser humano sensible, que, según Ginzburg, vivía “en el mundo árido y solitario de los sueños” (1966, p. 35), alguien que no supo o no pudo tener una vida simple, cotidiana.

Quizás, debido a esa lejanía de Pavese con esta tierra práctica y común, su temperamento solo tenía cabida en el mundo de la literatura: “[sus amigos] veíamos perfectamente las absurdas y tortuosas complicaciones de pensamiento en que aprisionaba su alma sencilla” (1966, p. 39).

Quizás este texto fue una explicación más para sí misma que para los lectores, quizás fue una reflexión, una búsqueda de los motivos que llevaron a Pavese a la muerte, los cuales, como suele suceder, por muy presentes que estén, no los vemos hasta que son evidentes y la consecuencia irremediable.

Quizás, con este texto Natalia buscaba respuestas o consuelo. En cualquier caso, este último texto, así como los demás, es un ejemplo de la manera como Ginzburg capturó en sus palabras emociones tan intensas como el sufrimiento, el dolor, el vacío que causa la pérdida constante del hogar y de los seres queridos.

Todos estos, sentimientos vivos durante el fascismo y la Segunda Guerra Mundial, pero presentes, también, en nuestro contexto.

No hace falta vivir bajo una dictadura ni atravesar una guerra (aunque ambas las hay a nuestro alrededor) para comprender, para sentir lo que Natalia escribe. Por eso, y solo por que sí, leer a Ginzburg, hoy y siempre, será pertinente y necesario.


Bibliografía
Ginzburg, N. (1966). Las pequeñas virtudes. Alianza Editorial.
Ginzburg, N. (2021). Domingo. Relatos, crónicas y recuerdos. Acantilado.