Natalia Ginzburg: el pozo y la libertad. A ciento diez años de su nacimiento

Sandro Pertini y Natalia Ginzburg (Wikipedia)

El 14 de julio de 1916, hace ciento diez años, nació en Palermo, Natalia Levi, quien después utilizó el apellido de su esposo, Ginzburg. Su vida estuvo marcada por el fascismo y la guerra y, hoy, nuestra historia está marcada por su literatura.

Los ciento diez años de un natalicio no son poca cosa, nos sirven de pretexto para conmemorar, rememorar y recopilar todo lo que determinó ese nacimiento. En el caso de Ginzburg, son muchos los aspectos de la cultura occidental que fueron influidos por su trabajo (la política, la crítica, el periodismo, la literatura), pero aquí hemos de centrarnos en uno de los más destacados, por muy lugar común que parezca: la vida de las mujeres.

Si bien en toda la narrativa de Ginzburg encontramos a las mujeres como elemento fundamental del relato, en este texto nos centraremos en un par de sus cuentos y ensayos.

A propósito de las mujeres es un libro que compila varios cuentos de la autora cuyo tema central son las mujeres, aunque estas ni siquiera estén presentes. Tal es el caso de “Una ausencia”, que es el relato de un día desde la perspectiva de Maurizio, un hombre joven, adinerado, casado y con un hijo, cuya esposa, Anna, se encuentra de viaje.

El narrador nos relata un día sin Anna y, a través de su discurso (la mayor parte del tiempo un discurso interno), notamos que una ausencia puede ser tan fuerte como la presencia misma de la persona. Anna no está físicamente con Maurizio, mas es lo único en lo que él piensa.
Ya en este cuento notamos cómo son las mujeres quienes hacen la vida de la casa. En este caso, Anna toma las decisiones, establece las reglas y, por tanto, todo cambia cuando ella no está, de manera tal que su ausencia determina todo el relato.

Podemos observar cómo aquí no hay lugar para sentimentalismos. Si bien todo el texto nos transmite una sensación de añoranza, Maurizio declara, al final, no querer a Anna ni a su hijo, sino que solo desea disfrutar del momento como un niño. Lo reconoce sin culpa ni pesar y, sin embargo, son constantes sus disculpas para con la ausente Anna, a pesar de que reconoce no amarla. Si no es el sentimiento amoroso lo que hace de aquella ausencia algo tan fuerte, sí lo es su papel en la vida familiar.

De este modo, las mujeres de las que se cuenta la vida en estos cuentos están más preocupadas por ocupar su lugar en el mundo, por cumplir su papel, más allá de lo que sientan.

Otro ejemplo de ello es el texto “Mi marido”. En este, los personajes no tienen nombre, la protagonista es la narradora, un yo sin identidad que se define a partir del otro, el otro que es nombrado como “mi marido”, lo que la hace a ella una esposa. Curiosamente, solo tienen nombre la empleada de la casa (Felicetta) y la amante del marido (Mauriccia), ambas, mujeres que ya estaban en la vida de su esposo antes de conocerla a ella.

En este sentido, ambos personajes principales se identifican en función del papel que cumplen en la familia, por tanto, sus sentimientos parecen insignificantes para la trama, hasta que estos explotan al final del relato. En unas cuantas páginas, la narradora teje una red de apariencias: la esposa dice no importarle que el marido tenga una amante, y este insiste en que es feliz en su matrimonio. La falsedad de ambas declaraciones es lo que mantiene la tensión en el relato hasta el trágico desenlace.

Pese a la importancia que tienen, entonces, los personajes femeninos en su obra, no leemos en las palabras de Natalia un tono feminista, en un sentido de lucha, de denuncia o reclamo, sino que leemos un hecho, una descripción (casi objetiva) de su contexto. Esta forma de escribir sin enojo, como decía Woolf, hace la narrativa de la autora mucho más auténtica y, por tanto, más fácil de comprender y de identificarse con ella.

No hay en sus palabras la pretensión de ser lo que no se es, ni de decir lo que no se piensa. Vemos a sus personajes sin sentirlos juzgados por el narrador y, por lo tanto, no los juzgamos como lectores, sin importar sus infidelidades o su egoísmo.

Como en estos ejemplos, en la narrativa de Ginzburg, la familia (y la mujer en el centro de esta) se presenta como una representación de la sociedad en general, como la fuente de todas las costumbres, creencias y prácticas. Contar la vida de las mujeres en su cotidianeidad más simple es, también, contar la historia de un lugar y una época. Un ejemplo de ello es “Las muchachas”, en el que se hace un repaso de los hábitos de las jóvenes que vivían en los pueblos pequeños de la Italia del siglo pasado.

Este texto, que se encuentra entre el relato y el ensayo, describe no solo las costumbres, sino también los deseos de estas muchachas; explica a qué aspiraban según su estrato social. Menciona cuáles son las labores más deseadas por las jóvenes (como ser costureras) y cuáles las alejaban del matrimonio (como servir en una casa). Describe sus costumbres, como ir al cementerio los domingos, para lo cual todas tenían un vestido especial. Narra cómo muchas de ellas se preparaban durante años para el matrimonio, un matrimonio que podía no llegar nunca, y cómo otras, con menos posibilidades de casarse, parecían más libres, trabajando en los campos o robando leña.

Esta forma de retratar la realidad mediante lo anecdótico de la vida femenina es recurrente en la obra de Ginzburg. La vida se narra y, por lo tanto, se construye a través de la perspectiva femenina. Las grandes historias (las guerras, las dictaduras) se sostienen sobre la vida familiar.

En sus ensayos también podemos vislumbrar este retrato, aunque con un tono, digamos, menos ligero, menos casual. En “Mujeres del sur”, un texto breve (apenas dos páginas), Natalia resume, de manera clara y concisa, las condiciones de vida de las mujeres de Lucania (actualmente Basilicata), una región del sur de Italia donde a las dificultades de ser mujer se suman las de la pobreza.

La infancia es breve para las campesinas. La miseria es una triste compañera que no admite juegos ni despreocupados pasatiempos. También la juventud es breve, y una vida de privaciones y de trabajo extenuante hace florecer en el rostro de esas mujeres una belleza fugaz y enfermiza. La maternidad y la lactancia devoran sus cuerpos débiles. (2021, p. 87)

La cita anterior bien podría deducirse de la vida de los personajes de “Las muchachas”, sin embargo, la intención de cada uno de estos textos es distinta. En su ensayo, Ginzburg busca una reflexión y, al final de este, apela a las mujeres de su país y dice:
«Queridas mujeres italianas, es en ellas en quienes debemos pensar […] no seremos jamás un pueblo libre mientras, a pocos kilómetros y en nuestro propio país, personas semejantes a nosotras se ven obligadas a sufrir una condición tan trágica». (2021, p. 88)

Otro ejemplo de ello es su ensayo “A propósito de las mujeres” (homónimo de la antología en el que se encuentra), uno de sus textos más poderosos, analíticos y honestos. En este, Natalia descubre al lector una de las características más representativas y, a la vez, ocultas de las mujeres. Incluso, quizá, para las mujeres mismas esta haya sido un secreto, un hábito sin nombre hasta ese momento: caer en el pozo.

El pozo en el que cae una mujer no es más que la pena, el sufrimiento que se arrastra tras siglos de una esclavitud heredada de generación en generación, pese a los cambios, pese a la modernidad, pese a la aparente seguridad con la que se mueven en el mundo. Este ensayo es de una inmensa tristeza porque se entiende, se siente, se comparte el sentimiento descrito por la autora. Porque Natalia pone en palabras lo difícil, cansado y melancólico que es ser mujer: “Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas” (2017).
Natalia pinta este cuadro de costumbres y, sin alzar la voz, declara: es necesario un cambio. Pero no solo uno externo, sino, sobre todo, un cambio interno: [las mujeres lo que] “tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo […] La primera que debe aprender a actuar así soy yo” (2017).

Cien años después, cabe preguntarnos ¿algo ha cambiado? ¿Dónde están las mujeres hoy? ¿Qué papel cumplen en la sociedad y, en especial, qué papel desean cumplir? ¿Hemos logrado evitar caer en el pozo? Como suele ocurrir, son más las preguntas que las respuestas, y estas últimas no son tan satisfactorias como desearíamos.

Al final de dicho texto Natalia menciona: «El mundo no progresará mientras esté poblado por una legión de seres que no se sienten libres» (2017).

Hoy, me parece, podemos hablar de una libertad relativa de las mujeres; en muchos países (no en todos ni en la mayoría y eso es importante no perderlo de vista), las mujeres tienen la libertad de decidir sobre varios aspectos de su vida (de nuevo, no respecto a todo): pueden elegir a su pareja, su empleo, qué tipo de familia tener, si criar hijos o no, si trabajar o no, pueden decidir dónde vivir y con quién; decidir si viajar o mudarse, qué hacer con su tiempo libre; pueden votar y ser votadas. Pueden ocupar los puestos más altos de la jerarquía laboral. Pueden conducir, salir de noche solas, beber, tener varias parejas, dedicarse a su carrera de lleno o a una familia y tener hijos y cuidarlos. Pueden elegir y hacer muchas cosas que hace cien años no les estaban permitidas.

Pero eso está muy lejos de lo que Natalia escribió; las mujeres pueden, aparentemente, hacerlo todo, pero ¿se sienten libres? ¿En qué se basa esta diferencia?

No es lo mismo ser que sentir, y sentirse libres va más allá de tener la posibilidad de hacer algo, de tomar una decisión. En la actualidad, me atrevo a decir, las mujeres no se sienten libres (no todas, al menos) porque la sociedad “les ha permitido” hacer todo lo que ahora hacen; les dio permiso para ello, pero no les deja olvidar que han sido seres esclavizados y que, en cualquier momento, pueden volver a ese, el lugar que les corresponde.

Porque hasta ahora, siguen siendo consideradas seres subordinados a los que se les concedió un poco de libertad. Pero no se sienten libres porque, en realidad, no lo son. Porque no han dejado de ser juzgadas como lo eran antes, porque siguen cargando la culpa de su existencia.

No hace falta mirar hacía países lejanos con culturas distintas a la nuestra (estemos donde estemos), solo es necesario mirar a nuestro alrededor y preguntarnos: ¿qué tan distintas son, en su interior, las mujeres que nos rodean de aquellas que retrató Natalia el siglo pasado? ¿Qué tan diferentes son sus anhelos, sus días, sus problemas?

A cien años del nacimiento de Natalia Levi, mucho ha cambiado en la vida de las mujeres, pero lo esencial está aún pendiente. Tenemos una deuda con ella y con nosotras mismas; debemos comenzar a seguir su consejo, defendernos con uñas y dientes y buscar esa libertad de la que hablaba; esa libertad que es lo único que podrá mover el mundo en adelante, la libertad de todos los seres.


Bibliografía
Ginzburg, N. (2017). A propósito de las mujeres. Lumen.
Ginzburg, N. (2021). Domingo. Relatos, crónicas y recuerdos. Acantilado.